martes, 7 de junio de 2016

El hastío de la calle


Ni la política ni los políticos han terminado de asimilar el hastío que se ha instalado en la ciudadanía. Esa frustración se genera porque las elecciones celebradas el pasado 20D no sirvieron para lo que se pretendía; porque, tras ellas, los líderes han demostrado una absoluta incapacidad para llegar a acuerdos de investidura y de gobierno; porque se ha venido primando el ego personal frente a los intereses de los ciudadanos y del Estado; porque durante meses hemos asistido a propuestas verdaderamente aberrantes y a ver quien decía la última tontería; porque por eso estamos abocados a unas nuevas elecciones el próximo 26J y porque a estas alturas ya es evidente que no se está dispuesto a corregir los errores de estos meses.

Desde la política se debe estar a favor de alcanzar acuerdos entre puntos de vista distintos y de llegar a compromisos entre las distintas formaciones que permitan un gobierno razonable para todos. Sin vetos a nadie. Sería generoso decir que durante estos cinco meses no ha sido posible, porque, sinceramente, no se ha querido. Han valido más las fobias y estrategias del momento que el interés de los ciudadanos, que somos con todo merecimiento rehenes de la situación que nosotros mismos hemos creado.

No hablemos de vieja política ni de nueva porque es la misma. Es política. Con sus grandezas y debilidades.

Podemos quiere, a toda costa, adelantar electoralmente al PSOE y convertirse en el eje de la izquierda española. Pero esa izquierda radical a la que representa es la izquierda de siempre, es la izquierda comunista que nunca fue referente de nada en España. Y ahí están los resultados electorales desde 1977 para demostrarlo. Que tenga ahora la posibilidad de ser la segunda fuerza política demuestra lo enferma, cabreada y desinformada que está nuestra sociedad. De socialdemocracia, nada. El Marx y Engels que nadie lee. Demuestra cómo se es capaz de engañar a los incautos y de ilusionar a los jóvenes.

Ciudadanos, o mejor dicho Albert Rivera, porque no hay nadie más tras las siglas, surge por las simpatías que generaba en España su posición siempre en contra de la autodeterminación en Cataluña. Ahí su mérito. Pero extenderse desde sus cuatro provincias de origen a las cincuenta y dos restantes en tan poco tiempo refleja los mimbres con las que cuenta y puede contar. Se apoya en el desencanto de la gente moderada que quería votar otra cosa que no fuera PP o PSOE o, incluso, UPyD.

Pedro Sánchez esta llevando al PSOE a las más altas cotas de incertidumbre. Ha conseguido que sea un partido poco confiable en el sentido de que nadie sabe qué va a hacer ni con quién, si lo que dice hoy, lo contradice mañana o dice otra cosa distinta. El mayor fracaso de Pedro Sánchez es su necesidad de ser Presidente y sería capaz de todo para serlo. El paulatino descenso del PSOE, encuesta a encuesta, puede suponer una grave crisis en su organización, que no se merece los gestores de los últimos años. Parece que los buscan.

Y como alternativa a todo esto, que no es poco, el Partido Popular se mantiene como faro en la tormenta, sin darse cuenta, o dándosela, de que, cuando amaine, el paisaje ya no será el mismo y se verá obligado a modificar sus estructuras internas, sus estilos y sus liderazgos.

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