viernes, 11 de marzo de 2016

Entendimiento necesario

Desde luego que aburridos no estamos, o el que se aburre es porque quiere. Pero si para aburrirse no hay tiempo, el transcurso de los días, y ya van ochenta y dos, produce en el ciudadano el hartazgo y la impaciencia consiguiente. Me recuerda aquellas largas horas de espera en las que el tren se detenía en Monforte de Lemos cuando la familia se dirigía a Lugo a finales de los sesenta. Entonces se decía que la vía estaba ocupada.

El tiempo transcurrido desde las elecciones del 20D ha despejado pocas dudas sobre qué va a sucede en España en las próximas fechas, pues los protagonistas de la obra no se ponen todavía de acuerdo sobre su género, pasando del entremés al melodrama como de la tragedia al sainete.

Y todo sigue tal como estaba. O peor, pues nunca solo con las inercias se ha llegado muy lejos, ni muy rápido. Asistimos a un espectáculo que refleja la situación social en que vivimos en la que el diálogo no se materializa en acuerdos ni en entendimientos. Se acude a las reuniones con el único ánimo de responder, sin atender a los que hablan y, en ocasiones, sin querer escuchar, sin querer entrar en razón y sin entender ni intentar comprender el punto de vista de los demás.

Y aunque no hay expectativa de acuerdo, el paso de los días si ha tenido ciertas consecuencias que sirven para dibujar el panorama. Albert Rivera por fin se ha mojado. Pedro Sánchez es más que antes, sobre todo para los suyos. Pablo Iglesias ve en el caos una charca acogedora y rentable. Mariano Rajoy empieza a ocupar la agenda.

Y eso, ¿a qué nos lleva? De momento, y desgraciadamente, a nada. Después de haber terminado la partida de la fallida investidura, ninguno de los jugadores ha devuelto las cartas. Sánchez incluso insiste en quedarse con las mismas, adueñarse de las tiene el de al lado y pedirle al otro las suyas, para intentar ganar a su bicha particular, Rajoy. Pero ni eso. Después de lo que se dijo en sede parlamentaria, a quién y cómo, las posturas cada vez se alejan más.

“No entiendo de dónde saca Pablo Iglesias tanto odio contra el PSOE”. No sé porqué es odiado ni porqué, a su vez, él odia al PP. Solo sé que esas emociones personales, elevadas a rango de partido, impiden un entendimiento necesario entre quienes tienen la responsabilidad de encauzar un Estado con importantes responsabilidades nacionales e internacionales. Y el tiempo pasa. Y la inercia se termina.

Pedro debería devolver la esencia a un PSOE con cada vez menos sitio. Regresar a aquel PSOE de Felipe González de centro-izquierda moderada y consciente y no seguir los pasos del calamitoso Zapatero. Albert continúa en la senda de si mismo, queriéndose y amándose más que a cualquier otra cosa y circunstancia, único poseedor de la verdad. No oye más. Iglesias quiere más que Pedro. Quiere a cualquier precio llegar a La Moncloa, pero con la suerte de que él no tendría que pagar nada. Que pagaremos los demás. A Mariano se le ha echado el tiempo encima. O no. Debería haber atendido más su casa y sus labores domésticas, para poder atender a la de los demás. Sus méritos se ven oscurecidos por sombras de tormenta.

Lo suyo: barajar de nuevo y repartir cartas. Pero seguir en la misma partida. Tiempo hay. Pero no mucho.


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