martes, 26 de enero de 2016

La sonrisa del destino: tiempos, egos y creencias políticas

Hace algunos artículos, concretamente en octubre, escribía sobre la importancia de la gestión del tiempo en política. Decía que “el saber medir los tiempos es un valor presente en todo dirigente al que se le reconozca talento, valía y cualidades notables”.

Desde que se conocieron los resultados obtenidos por cada partido político en las elecciones generales de diciembre y la primera ronda de consultas que el rey Felipe VI ha mantenido con los distintos líderes, asistimos a un valioso seminario avanzado de cómo gestionar los tiempos y de los distintos estilos de hacerlo. Los protagonistas de la escena política, sean principales o secundarios, nos descubren, con ello, las facetas clave de su personalidad que están presentes en el diseño de sus correspondientes estrategias para recabar los apoyos –o evitar la oposición- que todos, sin distinción, necesitan para gobernar. Y todos ellos nos están sorprendiendo.

Mientras que Rajoy y Rivera gestionan con discreción sus maniobras, Sánchez e Iglesias tontean públicamente a múltiples bandas proponiendo alternativas, algunas rocambolescas y arriesgadas. Lo hacían, eso sí, recreándose en la suerte, sabiendo que tenían plazo suficiente para lucirse y acaparar portadas y titulares: dos meses, una vez que Rajoy se hubiera quemado.

Rajoy, quien razonablemente fue invitado por el rey a hacerlo, declinó formalizar la investidura y mantener sus opciones. Quien siempre aparecía como un gestor, una esfinge imperturbable, se destapa como un estratega brillante. Hubiera quemado sus bazas, su partido y a él mismo. Con su decisión, similar a un enroque, consigue tiempo, cambia el foco, desvía la presión y quita el margen de tiempo con el que Sánchez contaba para aunar voluntades y hacer digerible una apuesta de pactos complicada.

Iglesias peca de impaciencia –o de cálculo- y da un golpe de efecto de incierto fin. Viene fallando estrepitosamente en las formas y el fondo. Si ya fue exigir cuatro grupos parlamentarios ahora son ministerios antes que proyectos. Dinero y sillones. La sonrisa del destino es más una cuchillada a Sánchez que una gracia, un insulto al PSOE más que un guiño. Su propuesta puede serle contraproducente. O no, si eso le lleva a nuevos comicios.

Sánchez, noqueado, solo salva su cuello si es Presidente, pero no sabe ni a qué orilla dirigirse ni qué consejo seguir. Se orienta por las querencias más que por el sentido de Estado. Y el tiempo corre. Ahora ya deprisa. La presión interna aumenta antes del Comité Federal y unas nuevas elecciones serían fatales. Quizás no llegaría.

Rivera a la espera, sabiendo que su posición centrada sirve tanto para un roto como para un descosido. No tiene prisa. Tiene todo el tiempo del mundo y ninguna presión para tomar la opción –o no- que más le interese.

Comenté en alguna ocasión que, haga lo que haga, el PSOE se desgastará. Sus resultados electorales, aunque malos –los peores de su historia-, lo sitúan en una posición estratégica por la que debe pasar cualquier solución. Y es precisamente este privilegio el que, paradójicamente, le perjudica. Debe tomar una decisión. Y no lo tiene fácil, pues ha pecado de boca blanda, insultando a unos y vendiendo en todos los foros, por activa y por pasiva, que no pactaría ni con populismos ni con populares. Tragarse las osadías y comerse ahora un sapo u otro, cuesta. Y más todavía cuando necesita, además, apoyo de los revueltos e irreductibles nacionalistas. Todo un cóctel de difícil digestión.


Revisar las creencias que regulan el comportamiento político supondría escribir sobre una página en blanco en que prevalecieran los intereses de Estado más que los marchamos y querencias. En estas delicadas circunstancias, el posicionamiento, tanto de cada ego como los ideológicos deben ser practicados con flexibilidad. Cada momento es distinto a otro. Adaptarse, reformar y mejorar es lo que, entiendo, los ciudadanos reclaman. Mucho más que polarizar la convivencia, ya suficientemente diversa, no ya entre ideologías, sino entre egos. Que es peor.

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