miércoles, 16 de diciembre de 2015

¿El voto en blanco?

Hace algunos días, conversando con una electora novel, de esos que se estrenan por primera vez en la, para mí, obligación ciudadana de votar, me comentó que no sabía a favor de quién hacerlo. El cuerpo le pedía votar en blanco, pero, si así lo hacía, su voto iría al partido más votado y eso le gustaba aun menos.
No me extrañaron sus dudas, pese a los debatespues alrededor del treinta por ciento de los electores están en la misma disyuntiva. Pero sí me puso de relieve que existe un evidente desconocimiento entre muchos votantes que mantienen la creencia que el votar en blanco suma y favorece al partido que obtiene más votos, con clara incidencia en el resultado. Esto es, como digo, un error que quisiera aclarar. Pero ya puestos en faena voy extender la explicación a cómo afecta, o no, la abstención y el voto nulo.
La abstención se produce cuando el ciudadano con derecho a voto no ejerce dicho derecho. Puede ser por olvido, desgana, circunstancias personales de toda índole o imposibilidad de votar por correo. En la medida en que el recuento se efectúa exclusivamente sobre el total de votos válidos, la abstención no tiene incidencia alguna en el resultado, pues no es ni siquiera un voto. Pese a todo, es un fenómeno que denota apatía o descontento con el sistema democrático de representación y desvirtúa, en parte, la legitimidad de la elección. Por eso tan importante es para todos los partidos contar con un respaldo ciudadano que legitime suficientemente su elección.
El voto nulo se produce cuando, por  presentar algún defecto de forma, no se puede asignar a ninguna candidatura. Sucede cuando se introduce más de una papeleta de distinto partido en el sobre, cuando se introduce algo distinto a una papeleta en el mismo o que la papeleta este rota, escrita, tachada o enmendada. En este caso se pone de manifiesto que existe ya cierto grado de enfado y de rebeldía frente al sistema electoral y contra las candidaturas que se presentan, siempre y cuando, obviamente, no se hayan producido por error o desconocimiento del votante. Computan, eso sí, como participación en el proceso electoral, pero no como votos válidos. No tienen, por tanto, ningún efecto real en el recuento, pues no se suman a ninguna candidatura ni afectan al reparto de escaños.
Cuando se abre el sobre y no hay papeleta dentro es cuando estamos hablando de voto en blanco. El elector ha ejercido con plenitud su derecho de voto y ha cumplido su obligación ciudadana. Se trata, efectivamente, de un voto válido y, por lo tanto, su único efecto es que incrementa el umbral electoral de los votos que los partidos necesitan para llegar al mínimo del 3% y que les permite entrar en la posible asignación de escaños. El partido que no lo alcanza queda fuera de la aplicación de la Ley D’Hont. Este porcentaje sube al 5% en los comicios locales y autonómicos.
En la práctica, esto solo tiene remota y muy leve influencia en el resultado en aquellas circunscripciones de gran tamaño en las que existen mucho escaños a asignar. Son sólo tres, Madrid, Barcelona y, acaso, Valencia. No así en el resto en los que, al adjudicar muchos menos escaños, su incidencia es insignificante.
Por lo tanto, la abstención y el voto nulo no tienen incidencia alguna en el resultado. El voto en blanco tampoco tiene efecto real alguno más que la complicación matemática de que los partidos minoritarios alcancen el tan deseado 3%.
Y, para terminar, les desafío a hacer política ficción: ¿Qué sucedería si ganara abrumadoramente el voto en blanco? ¿Se lo han llegado a plantear? Aquí es donde les aconsejo leer Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago, que una vez más nos deslumbra al relatar situaciones que todos podemos creer disparatadas y a las que acusa de “estigmatizar el sistema político democrático”.
Indudablemente, votar en blanco es una opción legítima. Pero también es necesario saber que todos los males que pudiera tener la democracia se curan con más democracia.
Abraham Lincoln decía que una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil. Estoy convencido de ello. Por eso, creo que merece la pena ejercer con responsabilidad el derecho a voto. Suerte.

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