jueves, 26 de noviembre de 2015

El político arrogante

Vivimos en un mundo en continuo movimiento que nos plantea cada vez mayores retos. No se trata de estar atento a la acelerada evolución tecnológica, sino al evidente renacimiento de una conciencia social más participativa, exigente y vigilante en lo que a gestión de lo público se refiere. El ciudadano quiere conocer qué se hace, opinar y debatir sobre ello, aportar soluciones o alternativas y, sobre todo, percibir que los representantes políticos son gestores de lo que realmente desea la mayoría y que escucha sus demandas.
Es en estos aspectos donde se hace necesario que el ejercicio de la política se realice con una visión global de la sociedad. Este conocimiento no debiera basarse exclusivamente en la preparación inicial que tengan los políticos, que en general pudiera ser aceptable, sino que deben valorarse también otros comportamientos y habilidades que son fundamentales para el adecuado, completo y más eficaz desempeño de su trabajo.
El funcionamiento de las políticas públicas, la estrategia política, el liderazgo, la gestión de los equipos o la comunicación son asignaturas pendientes para los políticos españoles en general. Naturalmente, estas carencias  se hacen más evidentes cuanto más cerca del ciudadano realiza su actividad, circunstancia en la que se supone debieran ejercitarse esas habilidades de forma más cuidadosa.
Esta falta de formación o de sensibilidad es reconocida tanto por consultores y sociólogos como por expertos en formación y en comunicación política y la comparten, además, muchos cargos de representación que reconocen abiertamente sus flaquezas y necesidades en estas áreas. El ciudadano tampoco es ajeno y juzga con severidad comportamientos y actitudes que rechaza.
Las agendas, quizás no bien gestionadas, las urgencias que se suceden y la propia dinámica del trabajo diario pueden ser algunas de las razones que impiden adquirir esa formación. Pero también existen las creencias individuales de aquellas personas que alcanzan un puesto de representación o un cargo público en la administración.   
Entre la clase política está muy extendida la idea de que “a determinado nivel hay que llegar preparado”, sintiendo como una debilidad el reconocer las carencias y como ridículo el que alguien tan supuestamente preparado como un ministro, un secretario de estado, un consejero, un alcalde, un diputado, senador o concejal se pueda formar en este tipo de habilidades. La creencia de hallarse en un pedestal donde el ego alcanza alturas considerables hace que cualquier atisbo de vulnerabilidad suponga un menoscabo a su imagen.
Algunos presidentes de empresas asisten sin pudor a cursos de reciclaje para perfeccionar habilidades directivas o aprender nuevos conocimientos, ejecutivos de niveles dispares acuden a consultoras y profesionales que les ayudan a desempeñar con mayor efectividad sus cometidos, personas que temen hablar en público asisten al aprendizaje de técnicas que les sirvan para comunicar de forma efectiva. Pero este hábito no ha calado aún en la política española, donde las carencias en habilidades de liderazgo, en comunicación y en relaciones interpersonales participan es esa mala imagen de la política y de los políticos.
A los políticos les hace falta pisar el terreno, perder sus miedos, vencer sus complejos, detectar sus puntos débiles, sensibilizarse en inteligencia emocional y formarse en temas de fondo de políticas públicas, estrategia de negociación, gestión de equipos y comunicación eficaz.
En la formación de los políticos hay mucho terreno en el que avanzar y mucho margen de mejora, pese a que pueden pensar, que lo piensan, que no es su formación lo que va a hacer que sigan en política.

Alberto Astorga

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