martes, 13 de octubre de 2015

Los tiempos en política

En el ejercicio de la política uno se va familiarizando con conceptos no habituales en otros ámbitos pero que han ido y van calando en nuestra cultura como si fuera una jerga profesional que va ampliando su uso a todos los entornos, como por ejemplo, el empresarial. Los “tiempos en la política” es uno de esos conceptos. Esto toca ahora, esto otro ahora no toca. Siempre se ha considerado como una habilidad y experiencia política y ejecutiva el manejar los tiempos. Y su importancia es relevante.
El “saber medir los tiempos” es un valor presente en todo dirigente al que se reconozca talento, valía y cualidades notables. Pero entiendo también que este término está ciertamente sobrevalorado pues, generalmente, esta consideración se hace “a toro pasado”, y siempre en función de los resultados obtenidos. Un ejemplo reciente de lo que comentamos es el que fuera presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, quien obtuvo ese reconocimiento tras ganar las elecciones de 2004. Por aquel entonces, muchos politólogos le atribuyeron la cualidad de ser un político que sabía medir los tiempos en la oposición, habilidad que le habría llevado a ganar las elecciones siguientes. Con el transcurso del tiempo se demostraría que no era precisamente un estratega político de nivel, sino todo lo contrario.
Los que desarrollan puestos de liderazgo, tanto políticos como en otras organizaciones, con cierto grado de veteranía son conscientes de que una de las cosas más complicadas cuando se dirige una institución o una organización de cualquier tipo es el manejo de los tiempos. Podemos saber qué es lo que hay que hacer, tener los mejores proyectos o ideas excepcionales. Podemos saber cómo realizarlos y hacerlos realidad con la aplicación de las técnicas más acertadas. Pero si no se manejan los tiempos correctos, es decir, decidir cuándo hacerlo, todo puede salir mal. De ahí la importancia de los tiempos. Más en política.
Es una habilidad que, como tantas y tantas en política, no está escrita en ningún manual, ni te la enseña algún compañero o mentor, si los hubiera, sino que es una habilidad que desarrolla el político con su propia experiencia y con el directo conocimiento y la observación del entorno en que desarrolla su actividad. Es un asunto de sensibilidad muy personal, de tacto, de saber mirar, interpretar y actuar. El momento elegido debe ser el momento exacto. Ni antes, ni después de que el tren haya pasado. Es importante buscar la percha a cada acto, a cada decisión. Su instante.
Los momentos en la política no son sólo críticos en campaña electoral, donde son especialmente sensibles y estudiados, sino que también son importantes durante la legislatura, pues a lo largo de la misma son muchas las decisiones y los acontecimientos y circunstancias que pueden condicionar su toma. Todo debe llevar su compás.
No es lo mismo desvelar un escándalo poco antes o durante la campaña electoral que al día siguiente de terminar esta. No es lo mismo anunciar una medida negativa, o incluso positiva, a la sombra de una noticia todavía más llamativa que anunciarla cuando en la prensa no hay otro tema del que hablar, o antes o después de un momento y circunstancia determinado. No es lo mismo decidir subir los tipos de interés o tomar otro tipo de decisiones financieras el lunes, con las bolsas abiertas, que hacerlo el viernes a última hora cuando las bolsas cierran y los inversores tienen el fin de semana para enfriar sus alternativas de acción. No es lo mismo tomar decisiones complicadas nada más llegar al gobierno, cuando todo el mundo está a la expectativa y lo espera, que hacerlo unos meses después cuando las aguas ya han reposado.
Cualquier observador puede ver y analizar por qué hay decisiones que se toman en determinados momentos y no en otros. Las subidas de impuestos, la congelación de pensiones, la contratación de obra pública, los ceses, los nombramientos, los cambios de gobierno, las convocatorias electorales, apretar el cinturón a la ciudadanía o aflojárselo. Toca o no toca. Esa es la cuestión.
Y los momentos ahora, por no referirme a la época en general, son de extrema sensibilidad, pues la atención hacía lo político está muy desarrollada en todos los ámbitos. Nada, o muy poco, pasa desapercibido al ciudadano o al resto de representantes políticos. Cualquier cosa es cuestionable y opinable. Y con cualquier decisión se puede liar, y a veces se lía, la mundial.
Pero esta excesiva atención, que pudiera entenderse iría siempre en beneficio del ciudadano y del interés público, lo que realmente produce es ralentizar las decisiones y hacer que estas lleguen tarde o no lleguen, perjudicando mejoras sociales, inversiones o regulación necesaria. Es decir, perjudicando aquello que se quiere mejorar.
Tocan ahora tiempos electorales en nuestra política. Y estos tiempos hacen que otros se ralenticen, que se pospongan decisiones. Multitud de gobiernos autonómicos que se han constituido desde las elecciones autonómicas todavía no toman decisiones clave porque estamos en tiempo electoral. Cataluña es otro ejemplo, el último, en el que existe un gobierno interino porque no se toman decisiones hasta que este tiempo político electoral haya pasado.
Esta ralentización general que se vive en la política genera incertidumbre dentro y fuera de nuestras fronteras pues, quien más o quien menos, necesita tener información y saber en qué marco va a desarrollar su vida, su inversión, sus negocios o su trabajo. Y saber quién, cómo y para qué maneja esos tiempos es clave.
Alberto Astorga


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