lunes, 5 de octubre de 2015

La confianza política

Los últimos indicadores sobre confianza política publicados por el CIS ponen de relieve que durante el último año los españoles confiamos -eso sí, a trancas y barrancas y con constantes altibajos- un poco más en la política que hace un año. Sí, un poco más. Tampoco era muy difícil mejorar el resultado, pues partíamos, de hecho, de niveles muy bajos.
En términos de confianza política y siguiendo los datos comentados, hemos pasado del 31,3 sobre 100 en julio de 2014, a un 39,9 en julio de 2015. No está del todo mal en el contexto y con los tiempos que vivimos, pero atrás quedaron los indicadores que alcanzaban un cima record en abril de 2004, tras el boom ZP o la crisis del 11M, en que se situó en el 63 por ciento, aunque fue, eso sí, como un espejismo, pues igual que subió en un mes bajó en el siguiente a sus valores normales.
Este bajo nivel de confianza, sin embargo, coincide paradógicamente con un incremento sustancial del interés por la política en general que se viene observando durante toda esta legislatura y, sobre todo, se ha puesto de manifiesto en los altos niveles de participación que han tenido las elecciones autonómicas al parlamento catalán celebradas hace escasos días.
Poca confianza en la política y mayor nivel de interés por ella. ¿No es esto una contradicción? ¿Cómo es posible que ambas circunstancias se produzcan simultáneamente?
Efectivamente, el desencanto y la desafección con la política y con los políticos ha sido una constante cuando hablamos de política en sentido genérico. Es el razonable resultado tras un largo periodo de crisis económica en la que se ha reducido de forma seria y dramática partes muy importantes de lo que hemos conocido como sociedad del bienestar. Se han perdido no solo prestaciones sino también derechos. Se tiene una sensación de vulnerabilidad del ciudadano ante la adversidad y de esa sensación se hace responsable a quien se piensa que está obligado y debería garantizarla, a quien gestiona lo público, al político, a la política, al gobierno, a los gobiernos sea cual sea su nivel territorial.
Pero paralelamente a estas sensaciones se están consolidando nuevos cauces que canalizan ese desencanto y le dan una salida que el ciudadano considera satisfactoria. Ahora los ciudadanos están más atentos a todo lo que sucede en la gestión de lo público y son más críticos con los políticos que antes. Esta nueva participación e interés por la política se manifiesta tanto en las redes sociales, que hierven ante cualquier irregularidad que detecta, como en el apoyo a colectivos, manifestaciones, plantes, recogida de firmas, movimientos reivindicativos y de protesta. Incluso, dentro de los cauces tradicionales de la política y aprovechando sus posibilidades, con el apoyo a partidos emergentes que, como otra vía distinta, van recogiendo ese descontento en forma de votos, pues su bisoñez parece ser garantía de novedad y limpieza, aunque no aporten nada, aporten poco o aporten días de vino y rosas.
¿Qué explicaciones podemos buscar, si es que las hay, a este nuevo escenario?
Analizando la poca valoración del político, de la política y de lo político, y de cómo a todo lo que tiene que ver con ese concepto se le ha convertido en el responsable de todo, el español de a pié sigue pautas tradicionales que se hunden en las raíces más profundas de su carácter: la desconfianza atávica hacia el que manda, el que ejerce la autoridad o el poder, el que está en el gobierno. Y es que siempre se ha hablado del carácter anárquico y rebelde que los españoles mantenemos en muchos aspectos. Esta sería una nueva prueba. Históricamente, la valoración del español hacia su gobierno y hacia la política es mucho menor, incluso la más baja, que el resto de nuestros vecinos europeos hacía sus respectivos gobiernos.
Por otra parte, y clave en estos momentos, es la crisis de la economía y, como consecuencia, la sensación de indefensión que el ciudadano sufre ante las dificultades. Existe la sensación de que el Estado, las instituciones, ya no protegen al ciudadano frente a la pobreza, contra el desempleo o, incluso, contra las entidades financieras que en defensa de sus derechos ejecutan dolorosos desahucios.
Parece más que evidente que nuestros políticos tienen que reaccionar ante una situación crítica que deben reconducir, si queremos mantener un sistema político que se ha demostrado eficaz en todo el mundo, si bien, en la creencia de que el sistema de partidos es el mejor instrumento para el desarrollo de las sociedades democráticas, quizás se debiera analizar si los propios partidos políticos hacen lo que pregonan.
Desde el coaching aplicado a la política, debiéramos ayudar a que los objetivos de los políticos y de sus equipos, se centraran en la pura esencia de la política: ayudar a las personas y mejorar su calidad de vida. Y hecho esto, además, desde la sensibilidad de ofrecer políticas transparentes, surgidas de partidos transparentes en comunicación abierta y sincera con las necesidades reales del ciudadano.
El político mantiene habitualmente una creencia de autosuficiencia y tiene la sensación de que está situado en el centro del universo donde todo lo ve y todo lo percibe. Sin embargo, esta actitud produce una ceguera que impide ver lo que realmente sucede en la calle. No es que el coach político le enseñe lo que hay más allá de su entorno, sino que le ayuda a abrir los ojos y a aprender a mirar, que ya es bastante. Los análisis posteriores, las medidas a tomar y los nuevos comportamientos son tarea personal en la que una guía externa, neutral y que no emite juicios, ayuda.
La confianza política es la piedra de toque del normal funcionamiento del sistema político. Sin ella, estaríamos avocados a una inestabilidad permanente que tendría serias repercusiones en la calidad de vida de los ciudadanos. Un objetivo ineludible que los políticos deben ya asumir.   
Alberto Astorga


No hay comentarios:

Publicar un comentario