miércoles, 3 de junio de 2015

La soledad del político

Somos seres sociales que vivimos en comunidades organizadas. La política nos sirve para arbitrar mecanismos de convivencia entre las personas, marcar pautas de comportamiento orientadas a la resolución de intereses encontrados.

Dedicarse, pues, a la política debe ser, o debiera ser, un ejercicio de relación con las partes, con la ciudadanía, de dialogar y debatir con unos y otros para encontrar elementos en común, puntos de encuentro que garanticen una convivencia satisfactoria para la colectividad.

Visto así, intuimos que la vida del político, como persona que se dedica a la política, es ajetreada en actividad y rica en relaciones y popularidad. Más aun cuando, detrás de cada candidato, alcalde, concejal, diputado, senador, ministro, consejero, director general, presidente o secretario general del partido, existe un equipo numeroso de profesionales que se encarga de los discursos, el protocolo, la prensa, las llamadas, la seguridad y un sinfín de cuestiones que ayudan al político en su actividad y en su carrera.

Sin embargo, el político, aun inmerso en su personal vorágine de actividad y frenético trabajo, siente, padece y confiesa una angustiosa soledad.

Efectivamente, hay dos situaciones distintas en su vida. La vida pública, dinámica, de relaciones, de toma de decisiones de toda clase, de conversaciones, transcendentes unas y distendidas e informales otras, y  aquella otra vida en la que, en los momentos de intimidad y confianza, sin público ni colaboradores, sin prensa ni fotógrafos, sin testigos que puedan escucharlo, reconoce y expresa abiertamente, con prudencia y casi temor, la palabra, y el sentimiento que la acompaña, de soledad.

Y este sentimiento íntimo de soledad se observa en varios aspectos de su diario.

Siente soledad ante su propio equipo. Reflexionar, manifestar dudas, sentimientos, incluso temores o miedo al resto de compañeros, puede verse como signos de debilidad que cuestionarían su estatus y su liderazgo en el equipo.

La obvia soledad ante el adversario o rival político, pues cualquier expresión de duda, posibilidad de otras opciones, o simplemente el uso de una determinada frase hecha o forma de hablar puede ser usada, en el transcurso del debate, como arma ofensiva.

Soledad ante los ciudadanos, que constantemente exigen y presionan, ante y para los que hay que decidir, sin poder satisfacer a todos, dentro de las posibilidades que la ley admite y el presupuesto permite.

La paradójica soledad ante la familia, a quienes no se quiere cargar con más penalidades que las estrictamente derivadas de no disfrutar del tiempo juntos, no participar en el diario doméstico o simplemente no poder compartir muchos fines de semana.

Existe una soledad genérica que es la que se siente a la hora de la toma de decisiones. Toma de decisiones que supone una fuerte presión tanto íntima y emocional como externa o pública y en todos los ámbitos, de partido, de gestión institucional, de toma de posicionamiento, está presente.

La soledad, esta soledad no elegida, sino imprevista por las circunstancias especiales de la persona-política, genera un estrés adicional que dificulta la acción y el desarrollo de la persona. Contar con alguien con quien hablar, alguien con quien compartir inquietudes, sueños, deseos, problemas. Alguien que sepa escuchar y no solo oír, un coach, un consejero personal o simplemente un orientador, ayuda a superar y a cambiar este sentimiento tan íntimo.

Existe la generalizada creencia de que quien está arriba está solo simplemente por estar arriba, pretendiendo minimizar y trivializar este dañino sentimiento.

Pero cambiar no es más que iniciar el proceso de cambio. Para ello está el coach político, alguien que desde la total neutralidad política y desde la confidencialidad más absoluta, acompaña y escucha, facilitando a la persona política el desarrollo personal y la consecución de sus metas. 

Alberto Astorga - 2015

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