miércoles, 30 de diciembre de 2015

Incierta política de pactos


El 20 de diciembre pasó como pasa todo en la vida. Por mucha ilusión y ganas que pusiéramos en que la fecha llegara, llegó. Llegó y pasó. Y de aquellos recientes polvos vienen estos frescos lodos, porque como bien dice el refranero español, la mayor parte de los males que se padecen son la consecuencia de descuidos, errores o desórdenes previos, e incluso de hechos aparentemente poco importantes.
Si pasamos revista a los distintos análisis de los resultados electorales, realizados por los propios partidos políticos y coaliciones, cabe concluir que todos ganaron. Este éxtasis de felicidad generalizada es único en Europa, sino en el mundo, donde no se encuentra caso similar en que, ante un resultado en las urnas, todos se muestren vencedores. Por ello, se hace necesario, no solo hacer una valoración del mapa parlamentario resultante sino de las posibilidades de gobernabilidad que permite.
Que Podemos y Ciudadanos digan que han ganado tiene la justificación de que partían de cero. No tenían representación previa, sino que sus posibilidades derivaban únicamente de los datos en las encuestas. Y es ya todo un logro, porque tanto de uno como de otro solo se conocía y se sigue conociendo al líder. Únicamente los más cercanos conocen a algún otro responsable de los que componen cada equipo. Para el resto son desconocidos. Lamentablemente ese es el principal atractivo de esos partidos, ser desconocidos. No se les conoce nada. Ni personas, ni honores ni deshonores.
El Partido Popular y el Partido Socialista, por su parte, dicen haber ganado porque el resultado les parece mejor que el que las encuestas preveían. El primero ganó porque el castigo fue menor del esperado y los escaños más de los previstos, mientras que el segundo también ganó por el descanso que le supuso llegar a meta sin haberse visto superado por los partidos emergentes.
Así las cosas y tanto por el resultado aritmético como por las declaraciones y posicionamientos de los distintos protagonistas, cabe preguntarse si ha perdido alguien. Y creo que hemos sido todos quienes hemos perdido en estas elecciones.
El Partido Popular, al haber ganado, está legitimado para gobernar. Otra cosa es que lo consiga. El que el PSOE quiera en paralelo intentarlo, parece, en principio y hasta no agotar otras posibilidades, un peligroso juego que abre expectativas a representaciones más radicalizadas y dudosamente constitucionalistas, y supone una grave incertidumbre no solo para la economía, sino para los ciudadanos, sus instituciones y sus libertades.
Ante esta situación, creo, al igual que muchos otros, que es ahora el momento de lapolítica, del diálogo, de los pactos y de los acuerdos. Toca un estilo de política que lleva más de treinta años sin verse en España. De una política basada en el interés general, en la generosidad de la mayoría y en el consenso. Hacer posicionamientos previos a cualquier diálogo condiciona las decisiones sosegadas y nos hace esclavos de nuestras palabras. Y es esto lo que, hasta ahora, se ha hecho. Posicionarse sin diálogo, sin escuchar al otro, sin ver la realidad.
Pero la experiencia nos ha hecho escépticos. Las decisiones que cada partido ha tomado hasta ahora nos abocan a repetir las elecciones generales. Y en ese escenario hay demasiadas incertidumbres y obstáculos para todos.
Es hora de que los políticos dejen de mirarse el ombligo y jugar a estrategias que solo les interesa a ellos. Estamos en un momento en que debe mantenerse el timón firme ante las dificultades económicas, tensiones territoriales, amenazas exteriores y prestigio internacional. Si cada uno olvidase sus “por qué” y analizase sus “para qué” empezaríamos a orientar nuestra mirada al futuro y no al pasado, ver los retos y olvidar los agravios. Y creo que esto es que lo que buena parte de los ciudadanos desea y espera. Aunque solo sea por esta vez.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

¿El voto en blanco?

Hace algunos días, conversando con una electora novel, de esos que se estrenan por primera vez en la, para mí, obligación ciudadana de votar, me comentó que no sabía a favor de quién hacerlo. El cuerpo le pedía votar en blanco, pero, si así lo hacía, su voto iría al partido más votado y eso le gustaba aun menos.
No me extrañaron sus dudas, pese a los debatespues alrededor del treinta por ciento de los electores están en la misma disyuntiva. Pero sí me puso de relieve que existe un evidente desconocimiento entre muchos votantes que mantienen la creencia que el votar en blanco suma y favorece al partido que obtiene más votos, con clara incidencia en el resultado. Esto es, como digo, un error que quisiera aclarar. Pero ya puestos en faena voy extender la explicación a cómo afecta, o no, la abstención y el voto nulo.
La abstención se produce cuando el ciudadano con derecho a voto no ejerce dicho derecho. Puede ser por olvido, desgana, circunstancias personales de toda índole o imposibilidad de votar por correo. En la medida en que el recuento se efectúa exclusivamente sobre el total de votos válidos, la abstención no tiene incidencia alguna en el resultado, pues no es ni siquiera un voto. Pese a todo, es un fenómeno que denota apatía o descontento con el sistema democrático de representación y desvirtúa, en parte, la legitimidad de la elección. Por eso tan importante es para todos los partidos contar con un respaldo ciudadano que legitime suficientemente su elección.
El voto nulo se produce cuando, por  presentar algún defecto de forma, no se puede asignar a ninguna candidatura. Sucede cuando se introduce más de una papeleta de distinto partido en el sobre, cuando se introduce algo distinto a una papeleta en el mismo o que la papeleta este rota, escrita, tachada o enmendada. En este caso se pone de manifiesto que existe ya cierto grado de enfado y de rebeldía frente al sistema electoral y contra las candidaturas que se presentan, siempre y cuando, obviamente, no se hayan producido por error o desconocimiento del votante. Computan, eso sí, como participación en el proceso electoral, pero no como votos válidos. No tienen, por tanto, ningún efecto real en el recuento, pues no se suman a ninguna candidatura ni afectan al reparto de escaños.
Cuando se abre el sobre y no hay papeleta dentro es cuando estamos hablando de voto en blanco. El elector ha ejercido con plenitud su derecho de voto y ha cumplido su obligación ciudadana. Se trata, efectivamente, de un voto válido y, por lo tanto, su único efecto es que incrementa el umbral electoral de los votos que los partidos necesitan para llegar al mínimo del 3% y que les permite entrar en la posible asignación de escaños. El partido que no lo alcanza queda fuera de la aplicación de la Ley D’Hont. Este porcentaje sube al 5% en los comicios locales y autonómicos.
En la práctica, esto solo tiene remota y muy leve influencia en el resultado en aquellas circunscripciones de gran tamaño en las que existen mucho escaños a asignar. Son sólo tres, Madrid, Barcelona y, acaso, Valencia. No así en el resto en los que, al adjudicar muchos menos escaños, su incidencia es insignificante.
Por lo tanto, la abstención y el voto nulo no tienen incidencia alguna en el resultado. El voto en blanco tampoco tiene efecto real alguno más que la complicación matemática de que los partidos minoritarios alcancen el tan deseado 3%.
Y, para terminar, les desafío a hacer política ficción: ¿Qué sucedería si ganara abrumadoramente el voto en blanco? ¿Se lo han llegado a plantear? Aquí es donde les aconsejo leer Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago, que una vez más nos deslumbra al relatar situaciones que todos podemos creer disparatadas y a las que acusa de “estigmatizar el sistema político democrático”.
Indudablemente, votar en blanco es una opción legítima. Pero también es necesario saber que todos los males que pudiera tener la democracia se curan con más democracia.
Abraham Lincoln decía que una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil. Estoy convencido de ello. Por eso, creo que merece la pena ejercer con responsabilidad el derecho a voto. Suerte.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Interesante debate a cuatro


Que el debate en política es necesario es algo que no admite duda, pero en campaña, como es natural, el debate es continuo. Por esta circunstancia, el pasado día siete asistimos a un debate que con toda solemnidad se nos anunciaba como decisivo.
Un debate con cuatro candidatos. Dos de ellos con resultados contrastados y otros dos con potenciales resultados en encuestas. El formato y los protagonistas lo convertían en novedoso e interesante. Y pienso que no defraudó.
El formato, de pié y sin atril, permitió valorar, además de lo que se decía, la comunicación no verbal de los protagonistas. Se les privó del parapeto tradicional del orador en el que se puede esconder o disimular ese otro lenguaje tan evidente como inconsciente.
Para ser un candidato atractivo hablando en público es necesario comunicar tres cosas: entusiasmo, cercanía y poder. En ese orden. Son tres elementos que deben percibirse tanto cuando se escucha como cuando se observan mensajes, actitudes y posturas. Y no todos los que allí intervinieron los reflejaron con claridad.
Soraya Sáenz de Santamaría mantuvo una actitud tranquila. Solo cuando hablaba movía las manos con soltura. Procuraba no ponerlas nunca cruzadas ante ella e incluso cuando no hablaba las mantenía en descanso a ambos lados del cuerpo. Vestida correctamente, quizá a mi gusto demasiado abrigada, mantuvo en todo momento una actitud espléndida pese al castigo que con seguridad le suponían los tacones y la postura durante dos horas. Fue la única que no llevaba ni apuntes ni chuletas donde consultar los datos, lo que significaba el dominio de los datos y de los temas que se trataban. Su cierre fue espléndido. No olvidó ningún mensaje de los que quería transmitir.
Albert Rivera iba como un pincel. Perfectamente vestido, desde el primer momento se le vio nervioso e inseguro. Se alisaba constantemente un traje ya de por si perfecto. Cuando no hablaba, bien sus manos o sus brazos se cruzan a distintas alturas, pero siempre ante él. O él tras ellos. Sus repetidos, indecisos e inconsistentes movimientos de pies le hacían inseguro y no transmitía confianza. Comenzó con pretendido sosiego, pero en cada intervención imprimía más velocidad a sus palabras. En el cierre no aportó nada sugerente. No fue su día.
Pablo Iglesias vestía informal y progre, lejos de la imagen que todos tenemos de un pretendido Presidente. La camisa, sin americana, fue un error. Entre focos y nervios, que de ambos habría, hicieron asomar la desagradable y poco estética señal de sudor en las axilas. Se acompañó de un bolígrafo –eso sí, barato- para ocupar sus manos y saber qué hacer con ellas. Sus intervenciones eran agresivas, no ya por la forma de hablar sino por la gesticulación de su rostro. Estático en el escenario tuvo buenos momentos, aunque el pretendido referéndum independentista de 1977 en Andalucía o el trabucarse con el “House WaterWatch Cooper” deslucieron su participación. Su mejor momento fue el último minuto. Lo bordó. Llegó a las emociones.
Pedro Sánchez, vestido sport y siempre sonriente, parecía sacado de su propio cartel electoral. Sus dedos siempre entrecruzados transmitían poca confianza. Su nerviosismo, junto al de Rivera, fue palpable durante todo el debate. Reiterativo en argumentos, quiso que quedara claro su mensaje, agotando al espectador. No aportó nada nuevo en el cierre, recitando consignas repetidas.
Hubo entre ellos, claro está, “pellizcos de monja”, siendo casi siempre su destinatario Pedro Sánchez, quien los recibió a la par de Iglesias y de Rivera. Hubo momentos en que parecía que los tres se disputaban el segundo puesto de llegada. Los tres también pecaron de risitas, muecas de sarcasmo, movimientos de negación con la cabeza y comentarios cuando hablaba cualquier otro interviniente. Eso, que es utilizado como intento de desconcentrar al que habla, no es efectivo y además quita votos, pues significa inseguridad propia y menosprecio por el adversario, cosa que incluso los propios afean y censuran. Un candidato debe tener otras formas de debatir y de argumentar.
A modo de conclusión, el debate fue novedoso aunque el formato a cuatro permite irse por las ramas cuando es necesario sin que se note mucho. Pese a todo, fue interesante, oportuno y mucho más dinámico de lo que hubiera sido un clásico cara a cara.
Alberto Astorga

jueves, 26 de noviembre de 2015

El político arrogante

Vivimos en un mundo en continuo movimiento que nos plantea cada vez mayores retos. No se trata de estar atento a la acelerada evolución tecnológica, sino al evidente renacimiento de una conciencia social más participativa, exigente y vigilante en lo que a gestión de lo público se refiere. El ciudadano quiere conocer qué se hace, opinar y debatir sobre ello, aportar soluciones o alternativas y, sobre todo, percibir que los representantes políticos son gestores de lo que realmente desea la mayoría y que escucha sus demandas.
Es en estos aspectos donde se hace necesario que el ejercicio de la política se realice con una visión global de la sociedad. Este conocimiento no debiera basarse exclusivamente en la preparación inicial que tengan los políticos, que en general pudiera ser aceptable, sino que deben valorarse también otros comportamientos y habilidades que son fundamentales para el adecuado, completo y más eficaz desempeño de su trabajo.
El funcionamiento de las políticas públicas, la estrategia política, el liderazgo, la gestión de los equipos o la comunicación son asignaturas pendientes para los políticos españoles en general. Naturalmente, estas carencias  se hacen más evidentes cuanto más cerca del ciudadano realiza su actividad, circunstancia en la que se supone debieran ejercitarse esas habilidades de forma más cuidadosa.
Esta falta de formación o de sensibilidad es reconocida tanto por consultores y sociólogos como por expertos en formación y en comunicación política y la comparten, además, muchos cargos de representación que reconocen abiertamente sus flaquezas y necesidades en estas áreas. El ciudadano tampoco es ajeno y juzga con severidad comportamientos y actitudes que rechaza.
Las agendas, quizás no bien gestionadas, las urgencias que se suceden y la propia dinámica del trabajo diario pueden ser algunas de las razones que impiden adquirir esa formación. Pero también existen las creencias individuales de aquellas personas que alcanzan un puesto de representación o un cargo público en la administración.   
Entre la clase política está muy extendida la idea de que “a determinado nivel hay que llegar preparado”, sintiendo como una debilidad el reconocer las carencias y como ridículo el que alguien tan supuestamente preparado como un ministro, un secretario de estado, un consejero, un alcalde, un diputado, senador o concejal se pueda formar en este tipo de habilidades. La creencia de hallarse en un pedestal donde el ego alcanza alturas considerables hace que cualquier atisbo de vulnerabilidad suponga un menoscabo a su imagen.
Algunos presidentes de empresas asisten sin pudor a cursos de reciclaje para perfeccionar habilidades directivas o aprender nuevos conocimientos, ejecutivos de niveles dispares acuden a consultoras y profesionales que les ayudan a desempeñar con mayor efectividad sus cometidos, personas que temen hablar en público asisten al aprendizaje de técnicas que les sirvan para comunicar de forma efectiva. Pero este hábito no ha calado aún en la política española, donde las carencias en habilidades de liderazgo, en comunicación y en relaciones interpersonales participan es esa mala imagen de la política y de los políticos.
A los políticos les hace falta pisar el terreno, perder sus miedos, vencer sus complejos, detectar sus puntos débiles, sensibilizarse en inteligencia emocional y formarse en temas de fondo de políticas públicas, estrategia de negociación, gestión de equipos y comunicación eficaz.
En la formación de los políticos hay mucho terreno en el que avanzar y mucho margen de mejora, pese a que pueden pensar, que lo piensan, que no es su formación lo que va a hacer que sigan en política.

Alberto Astorga

sábado, 14 de noviembre de 2015

Pacto y diálogo en política

Todo pacto se entiende como un acuerdo entre dos o más personas que obliga a ambas a cumplir una serie de condiciones. Es un punto común que une a quienes lo establecen y que supone para las partes poder conseguir una meta concreta e ilusionante para su diseño de sociedad. El pacto es la esencia de la política entendida esta como la forma de establecer compromisos entre intereses contrapuestos para alcanzar la tranquilidad y el equilibrio social.
Siempre en política, al estar en juego la organización y gobierno de las comunidades humanas, existen intereses enfrentados. La diferencia, convertida en desigualdad, está en el origen de la política. Para poder hacer frente y resolver los problemas de esta desigualdad, debe pactarse. Pero para lograrlo es necesario el diálogo.
Es indudable que la iniciativa de Mariano Rajoy de entrevistarse con los otros líderes de los partidos más representativos de la política, del sector empresarial y del sindical, ha servido para recuperar una política de pactos, de espíritu de consenso y de diálogo que hacía falta en estos momentos que a todos nos preocupan.
Desde hace algún tiempo, quizá demasiado, nuestros representantes, como la sociedad en general, no practica la cultura del acuerdo y del diálogo, sino que se ejerce el aislamiento o el más absoluto desprecio. Indudablemente, esto produce que, al no existir un diálogo sincero entre las partes, los conflictos se incrementan y se hacen todavía más complejos en su resolución.
Para alcanzar el pacto, el acuerdo, hay que dialogar. Entender al otro, escucharlo. Y también explicar y aportar motivos. En este diálogo hay que escuchar más que hablar y hay que entender más que explicar. Porque solo desde la comprensión de los posicionamientos del otro, podemos avanzar en buscar una resolución favorable y ventajosa para todos.
En todo pacto hay cesiones y en todo diálogo reflexiones. Es ahí donde el entrenamiento personal, las habilidades y herramientas que se pueden desarrollar con la ayuda del coaching y del acompañamiento del coach son necesarias, sino imprescindibles. Ya he comentado en alguna ocasión que escuchar no es oir, sino que es entender, escuchar desde la comprensión más profunda, dejar espacios para pensar en las distintas opciones. Y, sobre todo, tener claro el para qué de cada una de las partes, porque ahí es donde se posicionan y salen a relucir los valores más íntimos que cada uno honra y defiende, lo que movilizan la voluntad personal de hacer.
Acudir a la negociación, establecer un diálogo desde posiciones sectarias y doctrinarias, en la que una de las partes se sitúe en un plano superior desde el que pontifique sobre lo bueno y lo malo, no es negociación, sino imposición. Tampoco se puede ir cual si fuera un observador, sino que hay que llevar opciones, posibilidades, explicar el fondo del asunto y ser absolutamente sincero.
Pero también es muy importante que en toda política de pactos, los ciudadanos tengan información exacta de las reflexiones para poder entender las cesiones. Y respetar las acciones que se puedan decidir, pues estarán dirigidas al bien común, al deseo de lograr unas metas que puedan satisfacer a todos, en la medida que esto sea posible.
Expresiones como pacto, acuerdo, negociación, diálogo, consenso y otra forma de hacer política no se deben quedar como una sola imagen, bonita, atractiva y vendible, sino que deben ser una forma de gestionar lo público en todo ámbito ciudadano.
Alberto Astorga


miércoles, 21 de octubre de 2015

Transfuguismo

Con ocasión de la anunciada inclusión de Irene Lozano, hasta hace pocos días diputada en Cortes por UPyD, en las listas que el PSOE presentará a las elecciones generales de diciembre, han surgido las críticas desde algunos partidos, calificando tal conducta como de transfugismo.
En relación a este fenómeno quisiera hacer una serie de valoraciones en este artículo. No en referencia concreta a este caso sino a su concepto y consideración en la politica.
Literalmente, tránsfuga es, según la Real Academia Española de la Lengua, aquella persona que pasa de una ideología o colectividad a otra. Más concretamente al ámbito político, lo define como persona que con un cargo público no abandona este al separarse del partido que lo presentó como candidato.
Es decir, en sentido literal, el asunto con el que iniciamos este artículo sí sería un caso de transfuguismo. Sin embargo, en el contexto político en el que nos movemos todos los ciudadanos, hay que acotar mucho más el significado del término.
Por lo tanto, respetando el legítimo cambio de orientación ideológica que puede producirse en cualquier persona, el transfuga sería aquel político que, tras haber sido elegido mediante un sistema electoral que obliga a votar a los ciudadanos en listas cerradas, abandona el grupo en el que se constituyó el partido en el que concurrió a las elecciones y opta por mantener el escaño, inscribiéndose en otro grupo distinto.
Esta actitud produce reacciones de desencanto y contrariedad en el ciudadano, resintiéndose la credibilidad general del sistema de representanción que no puede más que censurar en lo moral lo que está amparado por la ley y la jurisprudencia.
Indudablemente, el fenómeno del transfugismo perjudica al sistema político en su conjunto produciéndo una merma importante en la credibilidad de la élite política, el falseamiento de la representación y la estafa al ciudadano que ve, con absoluta sensación de indefensión, cómo su voluntad es modificada por vaivenes exclusivamente personales.
Otra cosa sería si tuviéramos un sistema electoral distinto, con una mayor libertad de elección de los candidatos. Las listas cerradas son un rígido armazón que impide justificar el transfuguismo. Si el político ha sido elegido por una determinada lista debiera, tal y como están las cosas, continuar en esa lista hasta el final de la legislatura, pues otra cosa sería burlar la voluntad de los votantes.
La legislación y la jurisprudencia constitucional establecen que los miembros de las Cortes Generales representan individualmente al conjunto de la nación, sin intermediarios posibles. Pero sin embargo, la propia Constitución, los Reglamentos de las Cámaras y la Ley Orgánica del Régimen Electoral General articulan gran parte del proceso electoral sobre los partidos políticos, definiéndolos como “instrumento fundamental para la participación política”.
El que el partido haga sus listas y designe a sus candidatos, que el elector los asuma en una lista cerrada y bloqueada o el hecho de que los partidos políticos asuman el coste de las campañas de sus candidatos y perciban las subvenciones correspondientes del Estado por los votos y escaños obtenidos, son pruebas definitivas de la vinculación directa entre candidato y partido.
Pero, como decimos, la jurisprudencia asigna la propiedad del escaño a la persona que lo consigue tras un proceso electoral. Esta puede disponer de él libremente y adscribirse al grupo parlamentario o municipal que estime oportuno. La ley le ampara aunque la ética lo censure.
Este fenómeno y esta regulación que le es aplicable, son un motivo más por el que debe plantearse la necesaria reforma del régimen electoral, útil en un momento determinado de nuestra historia pero con notables piteras que se han ido produciendo con la experiencia práctica en su aplicación. La reforma electoral es una asignatura pendiente, como otras muchas, de nuestra democracia y es necesario que los partidos se la planteen de forma seria y urgente.
Han sido muchas las voces, desde distintos entornos ideológicos, las que vienen clamado por ella y bueno sería haberla hecho ya, más cuando se ha disfrutado de cómoda mayoría absoluta. Como otras muchas cosas, lo urgente quita tiempo a lo importante y nos vemos, también en este ámbito, perplejos y defraudados cuando surgen estos asuntos.
Difícil será que las próximas elecciones generales nos deparen una mayoría absoluta decidida a abordar esta reforma. Los compromisos y los pactos con nacionalistas u otras minorías pueden hipotecar nuevamente la decisión, pero es un asunto importante que debe ser resuelto para devolver a la clase política el prestigio que, desgraciadamente, va perdiendo.

 Alberto Astorga

martes, 13 de octubre de 2015

Los tiempos en política

En el ejercicio de la política uno se va familiarizando con conceptos no habituales en otros ámbitos pero que han ido y van calando en nuestra cultura como si fuera una jerga profesional que va ampliando su uso a todos los entornos, como por ejemplo, el empresarial. Los “tiempos en la política” es uno de esos conceptos. Esto toca ahora, esto otro ahora no toca. Siempre se ha considerado como una habilidad y experiencia política y ejecutiva el manejar los tiempos. Y su importancia es relevante.
El “saber medir los tiempos” es un valor presente en todo dirigente al que se reconozca talento, valía y cualidades notables. Pero entiendo también que este término está ciertamente sobrevalorado pues, generalmente, esta consideración se hace “a toro pasado”, y siempre en función de los resultados obtenidos. Un ejemplo reciente de lo que comentamos es el que fuera presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, quien obtuvo ese reconocimiento tras ganar las elecciones de 2004. Por aquel entonces, muchos politólogos le atribuyeron la cualidad de ser un político que sabía medir los tiempos en la oposición, habilidad que le habría llevado a ganar las elecciones siguientes. Con el transcurso del tiempo se demostraría que no era precisamente un estratega político de nivel, sino todo lo contrario.
Los que desarrollan puestos de liderazgo, tanto políticos como en otras organizaciones, con cierto grado de veteranía son conscientes de que una de las cosas más complicadas cuando se dirige una institución o una organización de cualquier tipo es el manejo de los tiempos. Podemos saber qué es lo que hay que hacer, tener los mejores proyectos o ideas excepcionales. Podemos saber cómo realizarlos y hacerlos realidad con la aplicación de las técnicas más acertadas. Pero si no se manejan los tiempos correctos, es decir, decidir cuándo hacerlo, todo puede salir mal. De ahí la importancia de los tiempos. Más en política.
Es una habilidad que, como tantas y tantas en política, no está escrita en ningún manual, ni te la enseña algún compañero o mentor, si los hubiera, sino que es una habilidad que desarrolla el político con su propia experiencia y con el directo conocimiento y la observación del entorno en que desarrolla su actividad. Es un asunto de sensibilidad muy personal, de tacto, de saber mirar, interpretar y actuar. El momento elegido debe ser el momento exacto. Ni antes, ni después de que el tren haya pasado. Es importante buscar la percha a cada acto, a cada decisión. Su instante.
Los momentos en la política no son sólo críticos en campaña electoral, donde son especialmente sensibles y estudiados, sino que también son importantes durante la legislatura, pues a lo largo de la misma son muchas las decisiones y los acontecimientos y circunstancias que pueden condicionar su toma. Todo debe llevar su compás.
No es lo mismo desvelar un escándalo poco antes o durante la campaña electoral que al día siguiente de terminar esta. No es lo mismo anunciar una medida negativa, o incluso positiva, a la sombra de una noticia todavía más llamativa que anunciarla cuando en la prensa no hay otro tema del que hablar, o antes o después de un momento y circunstancia determinado. No es lo mismo decidir subir los tipos de interés o tomar otro tipo de decisiones financieras el lunes, con las bolsas abiertas, que hacerlo el viernes a última hora cuando las bolsas cierran y los inversores tienen el fin de semana para enfriar sus alternativas de acción. No es lo mismo tomar decisiones complicadas nada más llegar al gobierno, cuando todo el mundo está a la expectativa y lo espera, que hacerlo unos meses después cuando las aguas ya han reposado.
Cualquier observador puede ver y analizar por qué hay decisiones que se toman en determinados momentos y no en otros. Las subidas de impuestos, la congelación de pensiones, la contratación de obra pública, los ceses, los nombramientos, los cambios de gobierno, las convocatorias electorales, apretar el cinturón a la ciudadanía o aflojárselo. Toca o no toca. Esa es la cuestión.
Y los momentos ahora, por no referirme a la época en general, son de extrema sensibilidad, pues la atención hacía lo político está muy desarrollada en todos los ámbitos. Nada, o muy poco, pasa desapercibido al ciudadano o al resto de representantes políticos. Cualquier cosa es cuestionable y opinable. Y con cualquier decisión se puede liar, y a veces se lía, la mundial.
Pero esta excesiva atención, que pudiera entenderse iría siempre en beneficio del ciudadano y del interés público, lo que realmente produce es ralentizar las decisiones y hacer que estas lleguen tarde o no lleguen, perjudicando mejoras sociales, inversiones o regulación necesaria. Es decir, perjudicando aquello que se quiere mejorar.
Tocan ahora tiempos electorales en nuestra política. Y estos tiempos hacen que otros se ralenticen, que se pospongan decisiones. Multitud de gobiernos autonómicos que se han constituido desde las elecciones autonómicas todavía no toman decisiones clave porque estamos en tiempo electoral. Cataluña es otro ejemplo, el último, en el que existe un gobierno interino porque no se toman decisiones hasta que este tiempo político electoral haya pasado.
Esta ralentización general que se vive en la política genera incertidumbre dentro y fuera de nuestras fronteras pues, quien más o quien menos, necesita tener información y saber en qué marco va a desarrollar su vida, su inversión, sus negocios o su trabajo. Y saber quién, cómo y para qué maneja esos tiempos es clave.
Alberto Astorga


lunes, 5 de octubre de 2015

La confianza política

Los últimos indicadores sobre confianza política publicados por el CIS ponen de relieve que durante el último año los españoles confiamos -eso sí, a trancas y barrancas y con constantes altibajos- un poco más en la política que hace un año. Sí, un poco más. Tampoco era muy difícil mejorar el resultado, pues partíamos, de hecho, de niveles muy bajos.
En términos de confianza política y siguiendo los datos comentados, hemos pasado del 31,3 sobre 100 en julio de 2014, a un 39,9 en julio de 2015. No está del todo mal en el contexto y con los tiempos que vivimos, pero atrás quedaron los indicadores que alcanzaban un cima record en abril de 2004, tras el boom ZP o la crisis del 11M, en que se situó en el 63 por ciento, aunque fue, eso sí, como un espejismo, pues igual que subió en un mes bajó en el siguiente a sus valores normales.
Este bajo nivel de confianza, sin embargo, coincide paradógicamente con un incremento sustancial del interés por la política en general que se viene observando durante toda esta legislatura y, sobre todo, se ha puesto de manifiesto en los altos niveles de participación que han tenido las elecciones autonómicas al parlamento catalán celebradas hace escasos días.
Poca confianza en la política y mayor nivel de interés por ella. ¿No es esto una contradicción? ¿Cómo es posible que ambas circunstancias se produzcan simultáneamente?
Efectivamente, el desencanto y la desafección con la política y con los políticos ha sido una constante cuando hablamos de política en sentido genérico. Es el razonable resultado tras un largo periodo de crisis económica en la que se ha reducido de forma seria y dramática partes muy importantes de lo que hemos conocido como sociedad del bienestar. Se han perdido no solo prestaciones sino también derechos. Se tiene una sensación de vulnerabilidad del ciudadano ante la adversidad y de esa sensación se hace responsable a quien se piensa que está obligado y debería garantizarla, a quien gestiona lo público, al político, a la política, al gobierno, a los gobiernos sea cual sea su nivel territorial.
Pero paralelamente a estas sensaciones se están consolidando nuevos cauces que canalizan ese desencanto y le dan una salida que el ciudadano considera satisfactoria. Ahora los ciudadanos están más atentos a todo lo que sucede en la gestión de lo público y son más críticos con los políticos que antes. Esta nueva participación e interés por la política se manifiesta tanto en las redes sociales, que hierven ante cualquier irregularidad que detecta, como en el apoyo a colectivos, manifestaciones, plantes, recogida de firmas, movimientos reivindicativos y de protesta. Incluso, dentro de los cauces tradicionales de la política y aprovechando sus posibilidades, con el apoyo a partidos emergentes que, como otra vía distinta, van recogiendo ese descontento en forma de votos, pues su bisoñez parece ser garantía de novedad y limpieza, aunque no aporten nada, aporten poco o aporten días de vino y rosas.
¿Qué explicaciones podemos buscar, si es que las hay, a este nuevo escenario?
Analizando la poca valoración del político, de la política y de lo político, y de cómo a todo lo que tiene que ver con ese concepto se le ha convertido en el responsable de todo, el español de a pié sigue pautas tradicionales que se hunden en las raíces más profundas de su carácter: la desconfianza atávica hacia el que manda, el que ejerce la autoridad o el poder, el que está en el gobierno. Y es que siempre se ha hablado del carácter anárquico y rebelde que los españoles mantenemos en muchos aspectos. Esta sería una nueva prueba. Históricamente, la valoración del español hacia su gobierno y hacia la política es mucho menor, incluso la más baja, que el resto de nuestros vecinos europeos hacía sus respectivos gobiernos.
Por otra parte, y clave en estos momentos, es la crisis de la economía y, como consecuencia, la sensación de indefensión que el ciudadano sufre ante las dificultades. Existe la sensación de que el Estado, las instituciones, ya no protegen al ciudadano frente a la pobreza, contra el desempleo o, incluso, contra las entidades financieras que en defensa de sus derechos ejecutan dolorosos desahucios.
Parece más que evidente que nuestros políticos tienen que reaccionar ante una situación crítica que deben reconducir, si queremos mantener un sistema político que se ha demostrado eficaz en todo el mundo, si bien, en la creencia de que el sistema de partidos es el mejor instrumento para el desarrollo de las sociedades democráticas, quizás se debiera analizar si los propios partidos políticos hacen lo que pregonan.
Desde el coaching aplicado a la política, debiéramos ayudar a que los objetivos de los políticos y de sus equipos, se centraran en la pura esencia de la política: ayudar a las personas y mejorar su calidad de vida. Y hecho esto, además, desde la sensibilidad de ofrecer políticas transparentes, surgidas de partidos transparentes en comunicación abierta y sincera con las necesidades reales del ciudadano.
El político mantiene habitualmente una creencia de autosuficiencia y tiene la sensación de que está situado en el centro del universo donde todo lo ve y todo lo percibe. Sin embargo, esta actitud produce una ceguera que impide ver lo que realmente sucede en la calle. No es que el coach político le enseñe lo que hay más allá de su entorno, sino que le ayuda a abrir los ojos y a aprender a mirar, que ya es bastante. Los análisis posteriores, las medidas a tomar y los nuevos comportamientos son tarea personal en la que una guía externa, neutral y que no emite juicios, ayuda.
La confianza política es la piedra de toque del normal funcionamiento del sistema político. Sin ella, estaríamos avocados a una inestabilidad permanente que tendría serias repercusiones en la calidad de vida de los ciudadanos. Un objetivo ineludible que los políticos deben ya asumir.   
Alberto Astorga


lunes, 28 de septiembre de 2015

Campaña electoral y emociones



Nos han enseñado, casi como una máxima constante, permanente e inmutable, que al tomar decisiones importantes lo tenemos que hacer de manera fría y racional, dejando al margen, incluso olvidando, las emociones internas, esas que nos mueven, no el cerebro, sino el corazón, el alma. Siempre nos ha dicho que nuestra emoción no afecte a nuestro juicio. Las emociones, sean positivas o negativas, han sido y todavía son consideradas erróneamente por muchas personas como perversas a la hora de tomar decisiones.
Superada mayoritariamente hoy en día esa creencia, hay científicos que opinan que emoción y razón deber ir siempre de la mano, no compitiendo entre ellas, sino complementándose y enriqueciendose mutuamente. Este concepto ha sido asumido desde hace poco tiempo por los directores de las campañas electorales, por los consultores políticos y expertos en comunicación, quienes incorporan mensajes que son diseñados para causar una emoción, sea positiva o negativa, según intereses y circunstancias, que provocarán necesariamente una reacción racional en el receptor. En este caso, el voto.
Esto es lo que desde hace bastante tiempo se está realizando en Cataluña. Ya antes, pero mucho más durante esta extraña campaña electoral al Parlamento de Cataluña, unos y otros han estado usando con intensidad el juego de las emociones más que el llamamiento a la razón y al buen juicio.
Siempre, aquellos partidos que según las encuestas van por delante buscan permanentemente provocar sentimientos positivos que lo ayuden a mantener su ventaja, mientras que aquellos otros que se ven por detrás utilizan una mezcla de mensajes positivos y negativos para mantener el apoyo de sus votantes y, a la vez, disuadir a probables votantes de sus competidores o incluso movilizar a potenciales abstencionistas.
En esta partida por las emociones, aquellas que son consideradas como positivas refuerzan al individuo a mantener su posición, su decisión: motivarlo. Sin embargo, las emociones que llamamos negativas lo que pretenden es obligar al ciudadano a buscar nueva información o a repensar y reconsiderar la decisión tomada: hacerle recapacitar.
En la campaña electoral catalana que hemos vivido, a distancia unos y más cercana otros, se han puesto sobre los atriles de los distintos oradores argumentos basados en emociones. Se ha anunciado la pérdida de la nacionalidad como pérdida de la identidad personal del individuo; pretendidos agravios históricos, incluso supuestas invasiones en tiempos lejanos; explotación económica en beneficio de otros; éxodo de empresas, industrias y entidades financieras muy arraigadas; exclusión de Europa y de sus políticas económicas; dudas de quién pagará las pensiones a los jubilados y demás beneficiarios; imposibilidad de participar en campeonatos deportivos y en selecciones nacionales; orgullo patrio por logros deportivos de nacidos en la tierra; independencia; unidad; propia identidad como ciudadanos del mundo; libertad, ilusión. Todo un sinfín de emociones que afectan al individuo en su ser más íntimo, porque tocan a su identidad como persona y como ciudadano, a las creencias que le han impuesto y que ha asumido desde la infancia, a los sentimientos más personales y más profundos. Todo vale. O se quiere que valga todo, que no es lo mismo.
Es indudable que todo ello afectará en la toma de decisiones de quienes tienen la responsabilidad de votar. Pero no solo les afectará a ellos, sino que también nos afectará a todos los ciudadanos de España, pues las emociones nos han tocado a todos. Todos tenemos una opinión de lo que en Cataluña está sucediendo basada también en las creencias y en las emociones que nos generan. Todos estamos en la misma causa y, por tanto, lo que suceda en estas elecciones nos afectará a todos. Nuestra identidad como ciudadanos de un país que siempre hemos conocido y sobre el que se asienta buena parte de nuestras creencias depende de las emociones de los ciudadanos que son los que, uno a uno, desde su individualidad, hacen una patria.
Cuando escribo este artículo para El Correo Extremadura es 27-S. Mañana, cuando ustedes lo lean, ya tendremos un buen puñado de emociones que nos afectarán como individuos y como colectivo. Que hoy los votantes acierten con sus emociones y que mañana, o quizás esta noche, nosotros acertemos con las nuestras, ya es algo que el tiempo nos lo dirá.
Alberto Astorga - Septiembre 2015

lunes, 21 de septiembre de 2015

Los cien primeros días






En política, y ya extendiéndose a otras áreas de actividad, se suele hablar de cien días de cortesía que tanto la oposición como el conjunto de la ciudadanía conceden a los nuevos gobiernos para empezar a “darles caña”, a cuestionar sus decisiones, o denunciar su inacción, en el ámbito que sea. También son la carta de presentación de una nueva gestión y marcan un hito y una clara imagen de lo que será la legislatura.
Es precisamente ahora cuando se cumplen los cien días de los gobiernos municipales salidos de las urnas el pasado mayo. Pronto se cumplirán también los de los gobiernos autonómicos constituidos poco después.
El origen de esta expresión se remonta a los cien días que transcurrieron entre la fecha en que Napoleón Bonaparte abandonara su exilio en la Isla de Elba y su derrota definitiva en Waterloo y fue citada por primera vez en el retorno a París del repuesto rey Luis XVIII.
Pero fueron los norteamericanos, a los que les debemos muchos conceptos en política, los que le dieron el sentido actual. Franklin D. Roosevelt, llegó a la presidencia de los Estados Unidos en 1933, en plena quiebra económica y con el país sumido en profunda recesión. Nada más acceder al gobierno, en los cien primeros días, logró ver aprobadas por el Congreso quince leyes de variado contenido económico que supusieron un cambio radical en la situación de crisis que se venía padeciendo. Fueron cien días en los que se transmitió capacidad de gestión y de reacción ante la situación, confianza y optimismo tanto a una ciudadanía profundamente deprimida en su ánimo como a unos mercados que necesitaban más que un empujón.
Los cien primeros días son una referencia política de las intenciones y de la eficacia de los nuevos o renovados gobernantes. Da igual que sean cien, lo importante es la simbología de marcar una referencia temporal descriptiva. Obviamente, en tan poco plazo, no hay tiempo de resolver todos los problemas con los que el gobernante se encuentra, pero sirven de referencia de cómo se abordarán los mismos a lo largo de la legislatura. Ahí se ve, o se quiere ver, “como caza la perrina”.
¿Y qué se supone que deben hacer los gobiernos en estos cien días?
Son, indudablemente, un reto en sí mismos, pues suponen una primera imagen siempre importante, en la que se debe ver con claridad el deseo de no defraudar a los votantes y dejar claro que son el gobierno que la ciudad, comunidad autónoma o estado necesitaban. Son la prueba de fuego en la que se debe demostrar capacidad de gobernar con transparencia, de gestionar con eficacia y de generar confianza y optimismo en la ciudadanía.
En la teoría es muy sencillo. Mucho más complejo en la práctica. Deben hacer ver que el votante no se ha equivocado, que están preparados para gobernar y que serán fieles cumplidores de las expectativas creadas durante el proceso electoral.
Y lo primero que se debe demostrar es que hay equipo. El líder debe ser lo suficientemente hábil para rodearse de un buen equipo, por lo que los nombramientos son un primer y decisivo test.
Al hacer el equipo, sobre todo los equipos de gobierno, debe contarse con aquellas personas con las cualidades necesarias para ejercer el gobierno en las distintas delegaciones. Y esto no es baladí, pues el ciudadano exige capacidades y habilidades que no todos tienen. Ya no vale instalar en los sillones a los amigos o conocidos, personas de absoluta confianza y total lealtad para el que gobierna. Ahora se penaliza esto y se exige aquello. No se trata de volver a la tecnocracia, pero tampoco de hacer de los equipos políticos una pandilla. Se trata de contar con aquellas personas que disponen de conocimientos y experiencias concretas, necesarias y útiles en la gestión de gobierno.
Y lo segundo, y tan importante, son las medidas. Las acciones determinan una dirección política eficiente y eficaz. Es el momento de poner en marcha las promesas electorales. Por ello las primeras medidas deben centrarse en aquellos temas que más preocupan a los ciudadanos y por los que éstos decidieron darles su voto.
Pero estamos centrándonos, como es habitual en estos casos, en los cien días de los gobiernos, pero no son los únicos que cumplen días. ¿Qué pasa con los cien días de la oposición?
Los grupos de oposición suelen dejar pasar los cien primeros días del gobierno como una cortesía y no sienten responsabilidad de tener que hacer algo. Pasan o quieren pasar desapercibidos porque el principal protagonismos mediático es de los gobiernos, pero no deben olvidar que ejercen una responsabilidad que los ciudadanos les han confiado. Deben, por tanto, en un ejercicio de transparencia, explicar cuál ha sido su actividad durante estos primeros días. Qué propuestas, qué sugerencias y qué iniciativas han tomado.

Los cien días marcan un hito mediático que, al igual que el primer año de gestión, deben ser aprovechados para dar una imagen de solvencia política y de transparencia al ciudadano.
A partir de ahora se sucederán ruedas de prensa y comparecencias ante los medios de comunicación en las que todos harán balance de lo hecho. Lo harán todos porque es una extraordinaria oportunidad de presentarse ante los electores, todavía motivados y conscientes de la elección realizada.
Estamos, en definitiva, en el momento crítico en el que el ciudadano construirá la imagen de sus gobernantes y esa imagen la mantendrá durante todo el mandato. Nunca hay segundas oportunidades de crear una buena primera impresión. Y los cien primeros días son esa primera impresión. Para todos.

Alberto Astorga - Septiembre 2015

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los equipos políticos

Coach politico Alberto Astorga
Tengo el convencimiento de que en la política, como en el deporte y como en otras áreas de la vida, el equipo está por encima de las individualidades.

Por eso es importante valorar al equipo político como un grupo de personas que realizan una actividad por delegación y en beneficio de la comunidad. Un equipo cuya composición y número solo determinan las urnas, pero que los partidos políticos, inicialmente al diseñar las listas y posteriormente con las estrategias de pactos, condicionan sustancialmente.
 
Solemos creer que los conceptos de grupo y de equipo son equiparables, sinónimos incluso. Tal es así que en cualquier conversación se utilizan indiscriminadamente, pero ambos conceptos tienen sustanciales diferencias que hay que considerar.
 
Un grupo es, por definición, un número determinado de personas que tienen similares funciones y comparten el mismo entorno, pero que realizan su actividad de manera individual y sin que el trabajo de uno dependa del de los demás.
 
El equipo, sin embargo, es aquel grupo de personas que trabajan  de forma conjunta para la consecución de un fin concreto, de un objetivo común a todos ellos, haciendo que el resultado dependa de la colaboración mutua. Sus miembros trabajan, no solo de forma individual, sino también conjuntamente.
 
¿Qué los diferencia? El grupo está compuesto por personas de formación similar que, realizando un trabajo individual y, con independencia del resto, participa en la consecución de un objetivo. El equipo, sin embargo, está compuesto por personas de formación dispar pero complementaria. Cada uno aporta un valor, una habilidad o un conocimiento al equipo para poder alcanzar, coordinadamente y en colaboración, un objetivo común a todos.
 
En un contexto laboral, configurar la composición de un equipo es sencillo, pues existen procesos de selección de personal en los que el líder opta por elegir a aquellas personas que aportan algo al conjunto, un conjunto que sabe concretamente quién formará parte de él, sus aptitudes y cual serán las necesidades a cubrir o las habilidades necesarias de que debe disponer el conjunto para el logro de los objetivos.
 
¿Y en política? En política hablamos de equipos. Pero estos equipos no tienen la misma efectividad y eficacia que puede tener en una organización laboral. Hacer un equipo en política es algo mucho más complejo y tiene muchas más limitaciones y condicionamientos de los que habitualmente son asumibles en una organización tradicional.
 
En política, el equipo empieza a configurarse en el momento de diseñar una lista electoral. Ese es el momento más delicado de una organización política. Se trata de determinar quién estará y quién no estará.
 
Y ahí, en ese momento, no se evalúan exclusivamente las habilidades, los conocimientos o la experiencia de cada uno. Ni siquiera se valora qué es lo que aporta concretamente y qué utilidad tendrá para el conjunto. Entre la política y la legislación, se hace un coctel excesivamente heterogéneo.
 
Primero son las presiones de las distintas ideologías que forman parte de un partido. Raro es que cada una de ellas no quiera colocar personas de su confianza para que participen y estén en la pomada de la gestión del futuro equipo. Tampoco es extraño que exista un reparto de la presencia en las listas por razones de territorio, equilibrando las distintas zonas para que todas, o casi todas, puedan tener un referente personal. Y otro factor no menos importante es el género, pues no solo la legislación, sino también la sensibilidad de la organización impone las cuotas para garantizar una representación equilibrada tanto de mujeres como de hombres.
 
Ante esta complejidad, hay que preguntarse si el resultado es un equipo o no.
Tal como hemos diferenciado lo que entendemos por grupo y equipo, el “equipo político” viene a ser mucho más que un grupo, pero mucho menos que un equipo. Es, efectivamente, un grupo humano interesado en el logro de un fin -hacer una buena gestión para revalidar mandato, o mandar, en las siguientes elecciones- pero sus competencias, habilidades y capacidades son tan dispares que a veces son difícilmente complementarias.

Se hace necesario, por tanto, un importante ejercicio de cohesión entre sus miembros para que las competencias que se le concedan a cada uno se pongan al servicio de todos para el logro del objetivo compartido. Ese es el reto de todo equipo político y el reto también del líder que lo dirige. Ahí es donde las habilidades del líder deben aparecer con eficacia e intensidad.
 
Si lo que interesa, o dice interesar, a los partidos es el beneficio de la comunidad y el interés general, contar con un equipo cohesionado, competente y motivado es un requisito principal, que, desgraciadamente no siempre se consigue ni se percibe.

Alberto Astorga
Septiembre 2015

domingo, 16 de agosto de 2015

Escucha activa y gobierno abierto

Alberto Astorga Coaching Politico Coach
Entre las competencias básicas en el coaching, y para mí una de las principales, está la escucha activa que es, además, una de las claves en el desarrollo de la profesión de coach, en cuanto que es una habilidad personal que permite pone el foco de forma total en lo que el interlocutor dice e incluso lo que no dice pero que manifiesta a través de su comunicación no verbal, de su cuerpo, de sus gestos, de sus miradas. Se deriva del interés sincero que debe existir entre dos interlocutores interesados.

Escuchar a la otra persona, sus sensaciones mientras comunica y expresa lo que tiene dentro es fundamental para poder prestarle apoyo. Sentirse verdaderamente escuchado, comprendido y no cuestionado ni juzgado es un resorte hacia la apertura interior, hacía la búsqueda de uno mismo, hacía la libertad del ser que llevamos dentro mediante la expresión de los sentimientos más íntimos.

El que habla se libera y el que escucha extrae. Una escucha activa requiere que se extraigan conceptos basados siempre en lo que dice la otra persona, sin perderse en otras historias descriptivas. La escucha activa, la atención plena y el interés sincero permiten y posibilitan que se desarrollen con éxito las comunicaciones.

En el ámbito político, la escucha activa es una herramienta poderosa pues son muchos los diálogos que se entablan por parte de los políticos y de la ciudadanía. Internet y las redes sociales han aportado un nuevo horizonte tanto en la manera de producir información como en la manera en que los ciudadanos se relacionan y se expresan entre ellos y con el gobierno o los partidos que los representan.

En Twitter y Facebook, por ejemplo, como redes sociales más activas, los ciudadanos opinan, critican, algunos sugieren y hacen aportaciones positivas, realizan quejas y, algunos, muy pocos, también felicitan. También hay quien, desgraciadamente, aprovecha el anonimato que facilita internet y las identidades inventadas para linchar a las personas de una forma vil y cobarde, aportando más bilis que inteligencia.

Esta información masiva ha sido hábil y inteligentemente analizada por las empresas que desean vender sus productos y servicios, como pistas de por donde se orientan las preferencias de consumo, gustos y tendencias para así mejorar los procesos productivos y ofrecer aquello que la demanda verdaderamente requiere.

Pero también ofrece información suficientemente interesante como para que las administraciones públicas, los gobiernos en todos los niveles o los partidos políticos y sus dirigentes saquen conclusiones. Una escucha activa en este terreno ayuda a modificar la manera de hacer las cosas, haciéndola más flexible para conseguir un alto grado de satisfacción ciudadana. Esta escucha atenta permite definir nuevas dinámicas de gobierno, de oferta política adaptada a lo que realmente requiere la sociedad.

Un gobierno abierto no es solo una administración sensible al ciudadano, sino que es/son también unos representantes suficientemente inteligentes como para que su gestión se adapte a lo que la sociedad pide. Deben saber lo que la sociedad reclama, lo que sucede en el territorio que ocupan, lo que preocupa a sus ciudadanos. Con esta información, suficientemente trabajada y estudiada, se pueden aportar soluciones y dar respuesta rápida y ágil a la acción de gobierno. Garantiza cercanía con la sociedad.

Un modelo de gobierno abierto supone nuevas formas de participación ciudadana orientadas, no ya a adaptar más acertadamente los servicios, sino también a co-crearlos. A gestionar nuevas ideas, nuevos conceptos y nuevos proyectos.

La velocidad que a todos nos imprimen las nuevas tecnologías y los nuevos modos de comunicación y relación social, obligan a una mayor pro-actividad para no quedarse rezagado en esa carrera. Ya no vale reaccionar a lo que va llegando, sino adelantarse a lo que intuimos que puede venir. Recibir la información, estar pendiente, escuchar de forma activa y atentamente la calle y el “run-run” cada vez más alto y claro que circula por las redes sociales hace que debamos crear nuevas herramientas que ayuden a recoger, analizar y gestionar todo ese torrente de información.

Una administración, unos partidos y unos políticos autoconscientes de sí mismos, verdaderamente interesados en hacer un gobierno participativo, abierto a la colaboración y transparente deben escuchar. Y para esta escucha necesitan, ahora, un aprendizaje y un entrenamiento específico. Entrenar una habilidad que no es sencilla, y que se asemeja a las habilidades de un coach.

Cuando hablamos de coach político parece que lo único que interesa en la consecución de objetivos personales. Pero también son metas de gestión y mejora de la comunicación las que se pueden alcanzar. Por ello es tan necesario entrenar en los políticos aquellas habilidades que son básicas para una mejor gestión de su labor diaria en todos los ámbitos. Solo así podremos alcanzar un mayor bienestar para todos y cumplir las expectativas que nos marcamos.

No olvidemos que un gobierno abierto se basa en la colaboración de todos. En ese objetivo, la escucha activa no es solo una herramienta poderosa sino una actitud imprescindible para alcanzar una optima administración de nuestro tiempo.

Alberto Astorga
Coach político

Agosto 2015